Se acabó. Una vez más, la Selección Mexicana nos despertó del sueño mundialista. La derrota por 3-2 en el Estadio Ciudad de México no solo significó la eliminación del TRI, sino también el final de una ilusión que, como cada cuatro años, se alimenta más de la esperanza que de la realidad.
“¿Y si, sí?” fue la frase que acompañó esta aventura mundialista. Sonaba inspiradora, retadora, capaz de hacer creer que esta vez la historia sería diferente. Pero terminó convirtiéndose en un nuevo eslogan que se suma a la larga lista de consignas que el futbol mexicano ha utilizado para maquillar sus carencias: el eterno “Sí se puede”, el ya famoso “Imaginémonos cosas chingonas” y ahora este “¿Y si, sí?”, que acabó estrellándose contra una realidad que lleva décadas sin cambiar.
Porque el problema nunca ha sido la falta de apoyo de la afición. Tampoco la ausencia de talento. El verdadero obstáculo está en un sistema que parece conformarse con competir sin aspirar realmente a trascender. Mientras otras selecciones invierten en procesos deportivos sólidos, desarrollo de jóvenes y planeación a largo plazo, en México seguimos apostando por campañas publicitarias, frases emotivas y expectativas desbordadas.
El Mundial vuelve a recordarnos que el futbol no se gana con optimismo ni con slogans. Se gana con proyectos serios, continuidad y decisiones que privilegien el crecimiento deportivo sobre los intereses comerciales.
Hoy toca aceptar la derrota, hacer autocrítica y dejar de buscar consuelo en frases que solo funcionan mientras rueda el balón. Porque la ilusión no puede seguir siendo la estrategia principal del futbol mexicano.
Dentro de cuatro años volveremos a escuchar un nuevo lema, una nueva promesa y otra invitación a creer. La pregunta ya no debería ser “¿Y si, sí?”. La verdadera pregunta es: ¿hasta cuándo dejaremos de conformarnos con soñar y empezaremos a construir un futbol capaz de hacerlo realidad?
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Por Orlando Tristán
