“Nadie deja su hogar, a menos que su hogar sea la boca de un tiburón”, nos dice el poema Hogar de Warsan Shire, refugiada somalí. Esta poderosa frase conecta con la situación que enfrentan actualmente tantas personas forzadas a migrar, por diversas razones, en muchos lugares del planeta, especialmente en México y en países de América Central y del Sur.
Somos migrantes antes que humanos, pues mucho antes de la aparición del Homo sapiens, otras especies de homínidos, al igual que otras formas de vida, ya migraban en busca de nuevos territorios y recursos. Evolucionamos y la humanidad continuó siendo nómada. Posteriormente, algunas poblaciones se hicieron sedentarias, pero las migraciones nunca cesaron. Se desarrollaron grandes civilizaciones y las personas siguieron desplazándose, siempre en busca de una vida mejor. Así, la migración ha moldeado a las diferentes sociedades, generando intercambios culturales, de mercancías, conocimientos, costumbres y fuerza de trabajo que enriquecen a las comunidades receptoras, al mismo tiempo que transforman a las poblaciones de origen.
La migración es, por lo tanto, una característica inherente a la humanidad. Tan es así que el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) reconoce la libertad de movimiento, de residencia y el derecho a salir y regresar a un país. Aunque esto no implica la obligación de los Estados de recibir personas, la resistencia a este fenómeno ha estado bastante extendida, ya sea por ignorancia, prejuicios o falta de apertura. Esto lleva a que a las “personas en situación migratoria irregular” se les señale, estigmatice y deshumanice con términos equívocos como “ilegales” o “indocumentados”.
Aunque la migración ha sido una constante en el desarrollo de la humanidad, hoy en día enfrenta resistencias y restricciones. En estos tiempos, es común escuchar noticias sobre políticas antimigrantes y cómo afectan a individuos, familias y comunidades, generando indignación en sectores más conscientes de la población. Surge entonces la pregunta: si migrar es un derecho, ¿por qué existen políticas y discursos tan violentos, específicamente en contra de la comunidad latinoamericana? Tras un análisis de los acontecimientos recientes y su comparación con sucesos históricos, no parece descabellado afirmar que detrás de esta problemática se esconden intereses políticos y económicos que benefician a actores muy específicos.
Este problema no es nuevo en Latinoamérica ni en muchas otras regiones del mundo, como África o el Medio Oriente. Sin embargo, es necesario cuestionarnos en qué medida quienes ahora discriminan a los migrantes han sido los responsables de las circunstancias que obligan a estas personas a desplazarse. El empobrecimiento, la inestabilidad política, el financiamiento de grupos armados, las sanciones económicas y la crisis climática —que provoca sequías, inundaciones, incendios y hambrunas— están detrás de la creciente migración y el número de refugiados climáticos.
En el vecino del norte, si bien esta problemática no es reciente, se ha agravado con las nuevas políticas discriminatorias que incrementan la desigualdad y vulnerabilidad de sectores que ya enfrentaban esta situación. Se observan ciertos patrones en sus formas de operar y motivaciones: la exaltación de nacionalismos; la idea de preservar una supuesta “pureza” identitaria y étnica; el aumento de la discriminación; la promoción de “valores tradicionales” desde el conservadurismo y el culto a liderazgos fuertes. Además, se recurre al uso de la fuerza militar y policial contra minorías, a quienes se culpa de los problemas sociales, justificando su persecución. A través de propaganda y el control de los medios de comunicación, se imponen discursos que engrandecen a los grupos en el poder y deshumanizan a las minorías utilizadas como chivos expiatorios.
Así, al fomentar el miedo y las narrativas que presentan a las personas en situación migratoria irregular como delincuentes, se justifica la necesidad de un mayor control. Si no fuera porque ahora quienes ven incrementado su poder no son específicamente actores gubernamentales, sino grandes empresas y poderes económicos, sería difícil no encontrar similitudes con las ideologías de regímenes autoritarios que en el pasado limitaron derechos y libertades en nombre del nacionalismo.
Finalmente, es importante encontrar respuestas compasivas y políticas basadas en la justicia y la solidaridad ante los desafíos que esto plantea a nuestra sociedad. Debemos preguntarnos: ¿cómo apoyar a quienes, aunque inicialmente la situación los obligó a migrar, ahora no deciden ser deportados ni despojados de sus casas, familias, vidas y sueños? ¿Cómo integrar a las personas de otros países que pensaban cruzar la frontera, pero que, al no poder hacerlo, optan por quedarse en México? También necesitamos plantearnos preguntas sobre las formas de organización y las alianzas que nos ayuden a contrarrestar esta situación y encontrar estrategias de acción ante un gobierno para el que somos migrantes antes que humanos.