Si creciste antes de los dos mil en México, recordarás que ir a comprar discos implicaba todo un ritual. Para los más audaces, era clave encontrar un puesto de confianza en el tianguis, cuyo descubrimiento volvería este punto un espacio sagrado, aquel gurú disponía material especialmente seleccionado y tenía asegurada nuestra plena confianza.
Cuando por fin había oportunidad de ir a comprar el original en tiendas departamentales o incluso entrar al MixUp – cómo olvidar la icónica escena de Amarte Duele – por supuesto, este proceso también tenía su magia. A diferencia del tianguis, la experiencia de escuchar discos en su calidad original mientras se hurgaba entre descuentos, portadas interesantes o una que otra novedad en fin a través de una odisea profundamente personal aprendimos a encontrar tesoros en condiciones como las nuestras.
Antes de que todo cupiera en un celular, en la música – y en casi todo – existía una curaduría que no se basaba en algoritmos, ni influencers, si no que dependía exclusivamente de una exploración casi arqueológica. Sin duda, el streaming, por su parte, vino a democratizar el acceso pero también a diluir aquella experiencia. Hoy escuchamos más música que nunca, todo está disponible a un click, ahora todo es inmediato. Y lo inmediato,es inevitablemente, superficial.
El regreso de lo análogo responde a una incomodidad real de saturación digital. Los millennials —somos esa generación que creció entre lo físico y lo digital— lo entendemos de manera casi visceral. Vimos cómo desaparecían los objetos, cómo se desmaterializaba la música, cómo el acceso reemplazaba a la posesión. Y ahora estamos viendo el movimiento inverso: el deseo de recuperar algo de esa realidad perdida.
No estamos “regresando” a lo análogo por nostalgia, sino porque ya es absurdo el tiempo que pasamos frente a pantallas, demasiadas decisiones automatizadas, demasiada vida mediada por interfaces. Y, como ya varios medios vienen señalando, lo análogo no es una moda aislada, es una reacción bastante humana frente al avance desmedido del mundo artificial.
Ahora, también en esta misma idea entra el formato vinil, cifras muestran cómo el acetato ha crecido sostenidamente desde mediados de los 2000, en plataformas especializadas, el vinilo aparece como síntoma de sofisticación cultural y claro mercado en expansión. Datos que confirman que el vinilo ya no es un nicho excéntrico, sino una industria en tendencia.
En este contexto, el resurgimiento del vinilo no puede entenderse únicamente como una moda pasajera, sino como parte de una reconfiguración más amplia de las prácticas de consumo cultural en la era digital. Como han señalado estudios recientes sobre industrias creativas y materialidad musical, el retorno a formatos físicos responde a una necesidad de “anclaje tangible” frente a la desmaterialización del streaming, donde el objeto adquiere valor simbólico, estético y experiencial.
Eventos como el Record Store Day celebran esta práctica desde 2008 dos veces al año, la primera el 18 de abril, donde articula comunidad y culto al acetato. En ese sentido, el vinilo deja de ser únicamente un soporte sonoro para convertirse en un artefacto cultural que condensa identidad, nostalgia y distinción, especialmente en mercados donde su acceso implica un esfuerzo económico mayor.
Así, el auge del vinilo revela no solo redefine la industria musical contemporánea, sino que también evidencia cómo, en un entorno saturado de contenidos, el valor ya no reside únicamente en la música, sino en la forma en que esta se experimenta, se posee y se significa socialmente.
Por último, esta idea, que ya circula en TikTok paradójicamente, no va solo de música. Incluye el regreso de las cámaras digitales, hobbies manuales y hasta cosas tan básicas como aburrirse sin sacar el celular. El impulso de recuperar atención, intención y cierto control sobre cómo usamos la tecnología, en lugar de que la tecnología nos use a nosotros.
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Por: Elsa Carrera
