Según indican diversos volúmenes del Annual Report of the Board of Foreign Missions of the Presbyterian Church in the U.S.A, a partir de 1873 los protestantes comenzaron a “ocupar” el estado de San Luis Potosí. Dicho término, de resonancias militares, no era casual pues expresaba la convicción misionera de haber abierto un nuevo territorio espiritual en un país de mayoritaria católica. Fue en ese año que comenzaron las labores sistemáticas de evangelización en territorio potosino, las cuales se concentraron inicialmente en la capital estatal. Sin embargo, con la llegada del ferrocarril en la década de 1880, la acción presbiteriana recibió un importante impulso para expandir su área de influencia.
Tras la construcción de las vías a Nuevo Laredo (1888) y Tampico (1890) se transformó el mapa económico y demográfico de la entidad, pues dichos caminos de hierro agilizaron las comunicaciones con el interior del estado, así como con la capital del país, la frontera norte y el Golfo de México. En consecuencia, durante el porfiriato, la ciudad de San Luis se convirtió en un centro comercial importante. Así lo reconoció en un informe de 1892 el reverendo M. E. Beall, pastor de la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos y responsable de la misión en el estado. En dicho informe no sólo advirtió la importancia que había adquirido la capital potosina, sino también la necesidad de ampliar los intereses y proyección de la estación misionera. En los siguientes años, los rieles facilitaron la penetración en nuevos puntos del estado, siendo los primeros de ellos Charcas y algunos pueblos de la Huasteca.

Otro frente de avanzada misionera fue la estación Cárdenas, una población que comenzaba a emerger a la par de la actividad laboral y comercial que había generado el camino de hierro a Tampico. En un informe de 1907, el reverendo C. Scott Williams describió la peculiar fisonomía de la naciente localidad, expresó que se trataba de un railroad camp and machine shop que estaba “lleno de vicios y de oportunidades” para el servicio religioso. El término “campamento” subrayaba la naturaleza del asentamiento, ya que no era aún una ciudad consolidada, sino un asiento temporal modelado por la lógica industrial ferroviaria, con trabajadores itinerantes, talleres, cantinas y conflictos laborales. Dicha lectura sobre el espacio reflejaba tanto el juicio moral como la estrategia pastoral, pues en donde había desorden y problemas, había un campo fértil para la conversión y el evangelio. Según Williams, los cultos que se llevaban a cabo en dicha localidad se oficiaban una vez al mes en la casa de una mujer que era miembro de la congregación.
Años después, tras el estallido de la Revolución, la infraestructura que había facilitado la expansión protestante en la Huasteca y Oriente potosino ahora se había convertido en un medio de transporte de alto riesgo, pues los caminos de hierro se tornaron inseguros y violentos por la guerra. En un informe de 1914, el pastor Newell J. Elliot señaló el retraimiento de las actividades pastorales en poblaciones como Rayón, La Palma, Tamasopo y Cárdenas, lugares en donde previamente se habían celebrado reuniones “muy animadas”. Pero con la lucha armada se había vuelto imposible acudir a ellas sin correr algún peligro, pues estas poblaciones estaban constantemente amenazadas por asaltos militares.

Así, la “ocupación” misionera “presbiteriana americana” en Cárdenas y otras poblaciones potosinas llegó a su fin. Los pastores estadounidenses, así como los trenistas “gringos”, abandonaron la región. No obstante, la huella religiosa que dejaron los pastores presbiterianos en la Región Media no desapareció y la fe protestante continuó siendo practicada entre los cientos de mexicanos que se habían convertido. Prueba de ello es el templo presbiteriano del Bethel en Cárdenas, mismos que hasta nuestros días siguen estando en activo.
La historia de los caminos de hierro en San Luis Potosí nos muestra cómo la modernidad que trajeron los ferrocarriles no fue neutra en el terreno de la fe, pues los rieles no sólo transportaron mercancías y pasajeros, sino que también llevaron consigo ideas, biblias y pastores.
Por: Mtro. Jorge Castillo Rodriguez
