En 1869, el reconocido escritor decimonónico Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), parte integral de la generación de autores que sobresalió durante la República restaurada (1867-1874) con novelas como Clemencia (1869) o Navidad en las montañas (1871), publica Revistas Literarias de México (1821-1868); es ahí, donde señala que la novela se había vuelto “el mejor vehículo de propaganda”, razón por la cual señala que desde entonces tenía la misma importancia social que el “periodismo, el teatro”, la creación de nuevas fábricas e industrias, el telégrafo y los trenes y barcos de vapor. Todo esto, pues, según Altamirano (1869), la novela había contribuido, como la educación, a “la mejora de la humanidad” y disminuido la diferencia entre las distintas clases sociales.
En contraste, en 1884, Manuel Gutiérrez Najera (1859-1895), en sus Crónicas de los Domingos desde el periódico El Partido Liberal, publica su texto “Literatura propia y literatura nacional”, donde establece una diferencia en cuanto a la forma de entender la literatura con respecto al grupo de Altamirano, y señala que la literatura de carácter propagandista sería sólo una parte de la literatura mexicana; a ello, agrega que las literaturas de los distintos países o regiones del mundo nunca se habían formado de acuerdo con el “antojo de nadie”, sino cuando esos países habían llegado “a cierto grado de desarrollo”, cuando esa evolución les había permitido adquirir “un carácter propio”, a través de de escritores “dotados de poderosa individualidad”.
Esta idea de que la literatura es la “expresión del estado de civilización de un pueblo”, que José Tomás de Cuéllar (1830-1894) también había esgrimido desde San Luis Potosí, a través de su revista La Ilustración Potosina ya en 1869, da cuenta de dos cosas para la intelectualidad de 1884: 1) que para que un país se considerara como civilizado debía tener su literatura y 2) que México ya la tenía en 1884, “aunque no tan rica como la de otras muchas naciones más avanzadas en la evolución”. Esto quiere decir que el camino que había iniciado con el intento de crear una literatura mexicana en 1836, con la Academia de letrán, se había alcanzado para 1884 y que Gutiérrez Nájera era uno de los primeros escritores en notarlo y dejar constancia de ello, ya desde un contexto como el Porfiriato (1876-1911), periodo durante el cual nace lo que se conoce en literatura como modernismo, cuya tendencia es perceptible, al menos en la prosa, entre 1876 y 1882, a través de Gutierrez Nájera y de José Martí, quien vivió en México entre 1875 y 1877.
En este sentido, las afirmaciones de Altamirano y de Gutiérrez Nájera se complementan para ayudarnos a entender la función que hoy en día tiene una de las principales formas de representación de la literatura, la ficción, que abarcaría tanto a la novela, los cuentos, las series y las telenovelas, el cine, los videojuegos y, en algunos casos, los mismos géneros periodísticos. Como arriba se vio, Altamirano coloca la novela al lado del periodismo y ya Hayden White ha señalado que los recursos con los que se construye el discurso histórico, aunque las metodologías sean distintas, son los mismos que los de la ficción; por ello, el comentario de Altamirano reconoce la utilidad de la novelística, misma utilidad que se le otorga al cuento mexicano, muy a pesar del punto de vista de Gutiérrez Nájera, en la última década del xix, pues al igual que la historiografía o el periodismo, la novela y el cuento eran capaces de crear narrativas a favor o en contra de una idea.
Con todo esto sólo quiero recordar que el primer paso para interpretar adecuadamente un texto de ficción, sea en el siglo xix o en el xxi, es siempre entenderla como tal y como parte de un discurso a favor de una idea; por lo mismo, en algunos casos, reconocer que detrás de un estudio histórico, como de una película o de un breve artículo como éste y hasta de un reportaje o de una crónica, incluso de una noticia, hay un intento de convencernos de algo, es, a su vez, también el primer paso para, de manera consciente, decidir o no aceptar la propuesta. He ahí parte de lo que ha buscado la literatura desde sus inicios, ese potencial que reconocieron nuestros escritores del siglo xix, y parte de su utilidad actual. Leamos, pues, e interpretemos, pero con cuidado, y no nos olvidemos de las enseñanzas de nuestro siglo xix.