La casa de los famosos, La Granja, La Mansión, entre otros muchos reality shows que se han puesto de moda entre los televidentes mexicanos la última década y forman parte de la baraja de opciones con la que cuenta el público para pasar 2, 3 o hasta 4 horas frente al televisor los domingos en prime time.
El formato es sencillo: una casa, encerrados por igual y bajo las mismas condiciones, actores de cine y televisión, modelos, deportistas e influencers con el objetivo de superar pruebas, tratar de tolerarse y soportarse entre ellos, hacer alianzas, sobrevivir semana con semana hasta llegar a la final y ser el flamante ganador o ganadora.
La premisa en términos de marketing: generar contenido para elevar los niveles de rating y así producir ganancias para las casas productoras y los emporios televisivos. Es esta misma premisa, la de generar contenido, la que refleja un fenómeno interesante no tanto para los que están dentro, sino para los espectadores.
Es normal sentirse identificado con cualquiera de los participantes, ya sea porque los admiras, los sigues o simplemente generas cierta empatía con su ser, su sentir o su actuar. Lo mismo cuando nos vamos al otro extremo, si la manera de manejarse no era la más ética o adecuada, o simplemente su persona representa todo lo contrario a tu propio sistema de valores ya preprogramado.
La delgada línea se cruza cuando, a través de las mismas redes sociales, el usuario comienza a “tirar hate”, descalificando y casi crucificando a un individuo que ni siquiera conoce en persona. Se hace un prejuicio solo por lo que observa en un programa (muchas veces con un guion estructurado), a tal grado de pelearse por defender o atacar, con alusiones personales a los y las participantes de dicho concurso o entre los mismos internautas.
Las redes sociales se han convertido en un arma de doble filo en todos los sentidos: por un lado, la libre expresión de todos y cada una de las personas que utilizan cualquier plataforma, TikTok, Instagram y Facebook, las más populares; y, por el otro, el libertinaje de hacer cualquier tipo de juicio sin necesidad de contar con los argumentos necesarios para defender su tesis, incluso cuando de atacar o difamar a una persona se trata.
En México, por ejemplo, uno de los países más felices del mundo según la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la ONU y, al mismo tiempo, una nación que día a día amanece con noticias sobre asesinatos dolosos, delincuencia organizada, corrupción y altos índices de desigualdad económica, la gente de a pie, muchas veces, la única válvula de escape con la que cuenta es proyectar todos sus problemas y frustraciones hacia una casa llena de “famosos” vigilada las 24 horas.
Son los mismos medios de comunicación y los programas de variedades o espectáculos que, con el mismo objetivo de generar más seguidores, vistas o rating, alimentan el morbo del sector poblacional que consume esos programas, a tal grado de “destruir” carreras de muchas de las personas que acceden a entrar a ese tipo de shows. Por el simple hecho de seguir “generando contenido”, la dignidad humana pasa entonces a segundo plano.
En una coyuntura en la que necesitamos generar menos violencia, y hablo de violencia de cualquier tipo, en medios digitales y televisión, donde carecemos ya de valores familiares o empatía para el prójimo, la medicina y la fórmula para vender más y llegar cada vez a más usuarios es promover las agresiones físicas y verbales en horario estelar.
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René A. Peralta Acevedo es politólogo egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Unidad Iztapalapa. Cuenta con una maestría en Educación y Docencia, formación que complementa su perfil en el análisis político y social. Asimismo, actualmente labora en la fundación Christel House México.