El 2026 ya no es una promesa lejana: es una cuenta regresiva que ha comenzado formalmente para la Selección Mexicana. Cada partido, cada convocatoria y cada decisión técnica pesan hoy más que nunca, porque el margen de error se reduce cuando se juega en casa el Mundial más importante de la historia reciente del fútbol nacional.
Los duelos ante Panamá y Bolivia no son simples amistosos. Son exámenes tempranos que ponen a prueba la seriedad del proyecto. Panamá, ya clasificada, representa un espejo incómodo: una selección con continuidad, identidad y crecimiento sostenido que en los últimos años ha sabido competirle de tú a tú a México. Enfrentarla como visitante obliga al Tri a mostrar carácter, orden y una idea clara de juego, algo que ha sido intermitente en procesos recientes.
El choque ante Bolivia añade un ingrediente histórico y temido: la altura. Jugar a más de tres mil metros sobre el nivel del mar no es solo un reto físico, sino mental. Ahí se mide la preparación, la disciplina táctica y la capacidad de adaptación. No hay pretextos; estos escenarios son justamente los que se deben buscar cuando se aspira a competir en serio en una Copa del Mundo.
En este contexto, la convocatoria de Eduardo Águila resulta significativa. No es una concesión ni un experimento gratuito. El defensor ha encontrado regularidad y crecimiento en el fútbol mexicano.
Si el discurso es construir una base sólida rumbo al Mundial, entonces convocar a jugadores en buen momento es una señal positiva, aunque todavía insuficiente.
La gran pregunta es si estos partidos servirán para algo más que cumplir fechas FIFA. El aficionado ya no se conforma con ver a México “competir”; exige ver un equipo con rumbo, con jerarquías definidas y con jóvenes que realmente levanten la mano. El año mundialista no perdona improvisaciones.
México empieza su preparación, sí, pero el tiempo apremia. Cada visita, cada convocatoria y cada decisión deben acercar al Tri a un objetivo claro: llegar al Mundial 2026 no solo como anfitrión, sino como una selección que recupere credibilidad, identidad y ambición. Porque el reloj ya está corriendo, y esta vez no hay margen para llegar tarde.