Dos de los escritores más conocidos de nuestro siglo diecinueve que combinaron su afición por la escritura con los gajes de los empresarios editores fueron Guillermo Prieto y Manuel Payno; ambos fueron editores y colaboradores de dos de las mejores revistas literarias de la primera mitad de ese siglo, El Museo Mexicano (1843-1845) y Revista Científica y Literaria de México (1845-1846). Las dos revistas, aunque de tendencia miscelánea para ampliar el rango de los posibles clientes, tenían una clara tendencia hacia lo literario, principalmente, con poesía, ensayo, relatos y novelas cortas. Payno publica en la primera la mayoría de sus novelas cortas y en la segunda el inicio de El fistol del Diablo (1845), la primera novela de folletín mexicana de largo aliento.
La causa más común por la que dejaban de publicarse las revistas en el periodo, algunas incluso sólo duraban unos cuantos meses, era la falta de suscriptores, no fue el caso de Revista Científica y Literaria de México. En el último número, Payno y Prieto dan tres razones por las que suspendería la publicación: la falta de papel, la dificultad de llegar a algunas partes del país y una preocupación cada vez más generalizada por los eventos políticos de entonces. Como es de sobra conocido, entre 1846 y 1848, se llevó a cabo la Guerra entre México y los Estados Unidos, debido tanto a su anexión de Texas y como a sus ansias expansionistas. Como consecuencia, el ejército del vecino del norte toma la Ciudad de México el 14 de septiembre de 1846 y obliga al gobierno mexicano a ceder los territorios de seis estados completos, parte de otros tres y a renunciar al reclamo de Texas.
La pérdida total fue de, aproximadamente, 2.4 millones de kilómetros cuadrados, más de la mitad del territorio. Sin embargo, antes de esto, el inicio de las hostilidades ocasionó que Revista Científica y Literaria de México cerrara y, como consecuencia, que El fistol del Diablo, que se había estado publicando por entregas, se tuviera que suspender. Debido a ello, no se puede concluir una primera versión completa hasta 1859 y la versión definitiva hasta 1887, esta última con varios cambios significativos, entre ellos, la inclusión de algunos capítulos que profundizan en la llegada del ejército estadounidense a la Ciudad de México.
Lo más llamativo de la inclusión de un tema bélico en la novela de Payno es la manera en que éste presenta los dos bandos en pugna, los defensores mexicanos y los invasores estadounidenses. Por un lado, están los personajes mexicanos participando en la defensa de la Ciudad de México, quienes defienden palmo a palmo la ciudad, entre el ejército, la guardia nacional y un grupo de ciudadanos empecinados en vender cara su rendición. Por el otro lado, está el ejército estadounidense, con un comportamiento, más o menos ortodoxo, haciendo gala, sin embargo, de su superioridad tecnológica y económica, así como de su característica intransigencia; asimismo, están sus acompañantes, saqueadores, asesinos y violadores, los voluntarios de Indiana, los Ranger de Texas y algunos grupos de contraguerrilleros mexicanos con cintas rojas en sus sombreros que, según Payno, gritaban mueras a México. Todos estos, en su interacción con algunos de los protagonistas, dejan ver lo peor de las tendencias imperialistas cuando no las delimita el bien común.
De acuerdo con la propuesta de Payno, ni la ortodoxia de los primeros ni las tendencias más deplorables de los segundos tendrían una justificación válida para la invasión y, en todo caso, de lo que dan cuenta es de una voracidad disfrazada de civilización, sustentada en el poder de las armas, del dinero y en una narrativa que busca siempre justificarlos. Lo importante, además del hecho y de lo actual de la situación (no hace falta más que ver las noticias), incluso en los personajes apátridas con mentalidad de colonizados, es la capacidad que tuvo Payno para usar, en una novela como El fistol del Diablo, aquello que en un inicio le había impedido continuar publicándola, para reponerse en unos años, convertir ese mismo impedimento en su fuerza, en su contenido, en una propuesta interpretativa del hecho histórico, y dar, al fin, una narrativa alterna. He ahí el poder de la buena ficción, cuando se sustenta en un hecho histórico que ha dejado en el imaginario colectivo del país una cicatriz que no ha podido cerrar en 180 años.
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Por: Marco Antonio Chavarín González
Profesor Investigador del
Programa de Estudios Literarios
El Colegio de San Luis, A. C.
