En San Luis Potosí el futbol ha sido, históricamente, un acto de resistencia. Equipos que van y vienen, franquicias que se mudan de nombre y de sede, promesas que se diluyen con la misma facilidad con la que se llenan discursos. En ese vaivén, hay nombres que se olvidan rápido y otros que, para bien o para mal, terminan marcando época. El de Jacobo Payán Latuff es, sin duda, uno de estos últimos.
La develación de su estatua en el estadio Alfonso Lastras —programada para el 28 de febrero, previo al duelo entre Atlético de San Luis y Puebla— no es un simple gesto ceremonial ni un capricho de la nostalgia. Es, más bien, una provocación a la memoria colectiva: ¿qué tan frágil habría sido el futbol potosino sin su terquedad?
Payán apareció cuando el panorama era desolador. En 2013, San Luis Potosí se quedó sin equipo profesional, víctima de los movimientos de franquicias que han hecho del futbol mexicano un negocio errante. Fue entonces cuando volvió a escena para revivir al Atlético San Luis, un club que en los años noventa apenas sobrevivía en la tercera división y cuya relevancia deportiva era, siendo generosos, marginal. Aun así, ese rescate evitó que el estado desapareciera del mapa pambolero nacional.
Las anécdotas lo pintan de cuerpo entero. Cuentan quienes estuvieron ahí que él mismo invitaba tortas y cervezas para llenar las gradas del viejo “hoyo universitario”, hoy convertido en el Alfonso Lastras Ramírez —recientemente rebautizado como Estadio Libertad Financiera—. Más allá del folclor, el mensaje era claro: sin afición no hay futbol, y sin futbol San Luis se resignaba al olvido.
También están sus frases célebres, dichas a medio camino entre el sueño y la fanfarronería: que algún día traería al Real Madrid para reinaugurar el estadio, que armaría un “trabuco potosino” capaz de competir con cualquiera. Promesas que muchos tomaron a broma, pero que ayudaron a sostener la ilusión cuando no había mucho más a qué aferrarse.
Hoy, el futbol potosino vive una estabilidad relativa. La Liga MX, al eliminar el descenso, ha generado un contexto cómodo, quizá artificial, pero estable. Aun así, los planes a futuro, la permanencia del equipo y la consolidación del proyecto no pueden entenderse sin la figura de Payán como impulsor clave del deporte en el estado y como puente para atraer inversión, incluida la llegada del Atlético de Madrid como socio estratégico.
La estatua, entonces, no es un acto de idolatría ciega. Es un recordatorio de que el futbol en San Luis no se sostuvo solo con resultados, sino con obstinación, dinero propio y una fe casi ingenua en que valía la pena insistir. Se podrá debatir su estilo, exagerar o cuestionar sus promesas, pero negar su peso en la historia reciente del balompié potosino sería, cuando menos, una injusticia.
Al final, las estatuas no inmortalizan perfecciones; inmortalizan huellas. Y la de Jacobo Payán, para bien o para mal, sigue ahí, marcada en la cancha, en la grada y en la memoria de un futbol que se negó a morir.