Hay rachas que ilusionan y hay triunfos que pesan más que tres puntos. Lo que viven hoy las Club Deportivo Guadalajara no es una simple seguidilla de resultados positivos: es un golpe de autoridad que reaviva la fe de una afición acostumbrada, en los últimos años, a navegar entre la frustración y la nostalgia.
Seis victorias consecutivas no son casualidad, y menos cuando la más reciente llegó ante el rival más odiado: el Club América. Ganar el Clásico Nacional por la mínima diferencia, con gol de la llamada “Hormiga” González, tiene un valor simbólico que va más allá del marcador. Es un recordatorio de que el orgullo rojiblanco sigue vivo y que el equipo puede competir en serio.
La memoria colectiva inevitablemente viaja al Bicentenario 2010, cuando Chivas encadenó ocho triunfos y vio despegar a un joven Javier Hernández, quien meses después conquistaría Europa con el Manchester United. Aquella racha no solo sumó puntos: construyó un relato de identidad, cantera y ambición que hoy parece asomar nuevamente.
El paralelismo no es menor. También es año mundialista, y la “Hormiga” comienza a sonar como una opción real para vestir la camiseta nacional. Si el futbol es momento y confianza, este torneo parece ofrecer ambas cosas para que nuevas figuras den el salto y el equipo recupere protagonismo.
Pero creer —de verdad— implica algo más que dejarse llevar por la emoción del presente. Chivas ha sido víctima de sus propias irregularidades: torneos prometedores que se diluyen, proyectos que no terminan de cuajar y una presión histórica que pesa tanto como su grandeza. La pregunta no es si puede ganar partidos; es si puede sostener la convicción cuando lleguen los momentos decisivos.
Hoy, sin embargo, la ilusión es legítima. Después de años de desencanto, el chivahermano tiene derecho a soñar, a llenar el estadio con esperanza y a volver a discutir de futbol con una sonrisa. Tal vez no sea aún el regreso definitivo de las “Súper Chivas”, pero sí el inicio de algo que se había extraviado: la confianza.