DÍA DE MUERTOS: UNA TRADICIÓN QUE SIGUE VIVA A TRAVÉS DE LA IMAGEN Y LA MEMORIA

Por José M. Delgadillo

Por

Redacción

- lunes, noviembre 2 de 2026

En diversas culturas o sociedades, independientemente de la religión adoptada, se dispone de un repertorio de actividades funerarias, como velorios, rezos, entierros, cremaciones, momificaciones, edificación de monumentos y sacrificios humanos; sobre todo, existe un culto a la muerte.

Esta celebración popular mexicana se encuentra muy arraigada en el imaginario colectivo, donde los muertos representan, de igual manera, un momento privilegiado de encuentro, no solo de los hombres con sus antepasados, sino de los hombres con el presente. La muerte se nos presenta y la recordamos de muchas formas: a través de fotografías, dibujos, objetos, películas, narraciones, grabados, etc. Yo recuerdo solo algunas y seguro que el lector recordará muchas más.

Con la masificación de las imágenes a finales del siglo XIX y principios del XX, y hasta nuestros días, la imagen de la muerte ha estado presente en las artes, como la literatura, pero sobre todo en las artes visuales; por ejemplo, el muralismo, la fotografía, el grabado y el cine.

José Guadalupe Posada: grabado.

Este juego del mexicano y la muerte, representado en el trabajo de Posada, sirvió de inspiración para diversos artistas extranjeros que comenzaron a radicar en México a principios del siglo XX.

El ejemplo más manifiesto es su fotografía titulada “Niños jugando en el Panteón de Santa Paula”.

“Niños jugando en el Panteón de Santa Paula. Ciudad de México. Ca. 1910”, del fotógrafo Hugo Brehme. Fuente: La Ciudad de México en el Tiempo.

Esta fotografía nos presenta a seis niños en plena época de la Revolución mexicana, posando frente a la cámara con una actitud seria y sosteniendo huesos y cráneos humanos, advirtiéndonos que no temen a la muerte: se pasea junto a ellos, es parte de la vida diaria.

De la misma manera, podemos ver la influencia de Brehme en las imágenes de la película ¡Que viva México!, de Sergei Eisenstein. Ambos muestran una gran afinidad en los usos del paisaje y la relación entre la sociedad mexicana y la muerte.

El llamado epílogo de la película nos ofrece la celebración del Día de Muertos. Vemos a un pueblo que no rinde culto a la muerte, sino que se ríe de ella.

¡Que viva México!, Sergei Eisenstein, 1930.

Este epílogo trata de la fiesta del Día de Muertos con un carácter circense; se muestran alegres bailes y escenas donde los danzantes se quitan sus máscaras de calavera.

Y, finalmente, un trabajo cinematográfico que es y sigue siendo un referente en el imaginario actual sobre la celebración a los muertos y la relación de la sociedad mexicana con la muerte: Macario, película dirigida por Roberto Gavaldón en el año de 1960, la cual se desarrolla en el Día de Muertos, donde el campesino Macario, interpretado por Ignacio López Tarso, se reencuentra con la muerte en una cueva iluminada por velas. Las velas representan las vidas de los seres humanos, que se van consumiendo conforme pasa el tiempo hasta que acaban apagándose.

La muerte recuerda a Macario que solo somos luces que iluminan el mundo hasta que llegamos al final del camino que hemos recorrido a lo largo de nuestra existencia. Aunque queramos proteger la vela de la lluvia, del viento y de todos los peligros que pueden provocar su extinción, no podemos hacer nada para esquivar el final que nos depara ese viaje misterioso que es la vida. Estas formas de representar la muerte se han repetido hasta la actualidad y siguen impregnadas en el imaginario colectivo popular mexicano.

Como vemos, existe un sinfín de representaciones de la muerte, a veces festiva, a veces fría y calculadora. Estas son solo algunas expresiones que nos han llenado la imaginación y la memoria, haciendo que esta celebración siga tan fresca. Finalmente, cada quien le da vida a la celebración de la muerte a través de sus recuerdos y vivencias. Puesto que la memoria es la facultad de evocar, conscientemente o no, las imágenes del pasado, el recuerdo no es un simple almacén, sino una rememoración viva, continuamente en operación y sin la cual no entenderíamos el mundo que nos rodea.

[1] http://www.sinembargo.mx/30-10-2011/65015

[2] Ibíd.

[3] Patrimonio Cultural y Turismo. Cuadernos 16. La festividad indígena dedicada a los muertos en México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, D. F., p. 26.

[4] Ingrid Fugellie Gezan, La Catrina: una imagen para la eternidad, Escuela Nacional de Artes Plásticas, Universidad Nacional Autónoma de México, p. 1.

[5] Véase Aurelio de los Reyes, “Hugo Brehme y Sergei Eisenstein: una convergencia”, en Alquimia, vol. 6, núm. 16, invierno de 2002-2003, pp. 23-27.

[6] Julia Tuñón, Sergei Eisenstein en México: recuento de una experiencia. Consultado en http://www.estudioshistoricos.inah.gob.mx/revistaHistorias/wp-content/uploads/historias_55_23-40.pdf, p. 21.

[7] Ibíd., p. 21.

[8] Véase Octavio Paz, El laberinto de la soledad, “El solitario”, p. 18.

[9] Ibíd., p. 21.

[10] Véase Pedro Páramo: la muerte, la mitología y su relación con la cultura mexicana, en http://noticias.universia.net.mx/portada/noticia/2015/11/03/1133107/pedro-paramo-muerte-mitologia-relacion-cultura-mexicana.html

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Por   José M. Delgadillo