De Rebelión en la Granja a Venezuela: cuando la captura del líder no garantiza libertad

Por

Paola Mata

- viernes, enero 9 de 2026

Cuando leí por primera vez Rebelión en la Granja, de George Orwell, lo hice pensando en animales, fábricas y un espejismo de igualdad. Pensé en cómo los ideales pueden convertirse en maquinaria de opresión cuando quienes detentan el poder olvidan su promesa inicial. Hoy, muchos de nosotros releemos esa fábula no desde una granja ficticia, sino desde Venezuela, tras la captura de Nicolás Maduro.

La captura de Maduro, figura central del chavismo representa para muchos una ruptura dramática con un ciclo de poder que, para críticos y opositores, se asemeja a la deriva de los cerdos en la granja de Orwell. ¿Cómo un proyecto político que decía ser anti-imperialista, popular y defensor de los más pobres terminó convertido en un aparato donde la desigualdad, la represión y el desgaste institucional fueron la norma?

Algunos celebran, otros temen que venga una transición caótica o incluso una contrarrevolución autoritaria. Esto refleja una de las lecciones más duras de Orwell: no es suficiente expulsar a un tirano; hay que construir estructuras que impidan que otro lo reemplace con las mismas prácticas. En Rebelión en la Granja, los animales terminan viviendo “todos igual que antes”, solo que bajo un nuevo grupo de dominadores.

La captura de Maduro sea vista como justicia, derrota del autoritarismo o episodio geopolítico pone en jaque las narrativas dominantes. Nos obliga a mirar hacia adelante: no solo para celebrar el fin de un ciclo, sino para pensar críticamente en cómo evitar que otra figura, bajo promesas de redención, repita las mismas prácticas.

Orwell nos advierte que los ideales pueden ser corrompidos por quienes se apropian de ellos. Las sociedades que los abrazan deben ser vigilantes, no complacientes. En el caso venezolano, el desafío ahora no es solo político, sino cultural: rescatar la narrativa de soberanía popular sin permitir que nadie la adapte a su conveniencia autoritaria.

Porque como nos enseñó ese cerdo visionario que terminó siendo peor que el granjero, una revolución no se mide por el nombre de sus líderes, sino por la justicia y dignidad que garantiza para todos.