Cuando leí por primera vez Rebelión en la Granja, de George Orwell, lo hice pensando en animales, fábricas y un espejismo de igualdad. Pensé en cómo los ideales pueden convertirse en maquinaria de opresión cuando quienes detentan el poder olvidan su promesa inicial. Hoy, muchos de nosotros releemos esa fábula no desde una granja ficticia, sino desde Venezuela, tras la captura de Nicolás Maduro.
Orwell sabía que los regímenes autoritarios no se sostienen eternamente sobre la lealtad popular, sino sobre el miedo, la propaganda y la cooptación de símbolos que originalmente buscaban emancipar. En su obra, los animales expulsan a los granjeros con la esperanza de construir una comunidad justa y libre. Sin embargo, pronto algunos animales (los cerdos) monopolizan la autoridad y reinterpretan las reglas hasta convertirlas en un reflejo peor del sistema que querían reemplazar.
La captura de Maduro, figura central del chavismo representa para muchos una ruptura dramática con un ciclo de poder que, para críticos y opositores, se asemeja a la deriva de los cerdos en la granja de Orwell. ¿Cómo un proyecto político que decía ser anti-imperialista, popular y defensor de los más pobres terminó convertido en un aparato donde la desigualdad, la represión y el desgaste institucional fueron la norma?
El paralelo con Rebelión en la Granja no es perfecto, pero es instructivo.
Orwell nos muestra cómo la palabra “igualdad” o “libertad” puede ser usurpada por quienes tienen control de los mecanismos del poder. En Venezuela, la retórica revolucionaria fue durante años el corazón de la legitimación del régimen. Hoy, al conocerse la captura de Maduro, esa retórica se encuentra despojada de su referente literal, y la sociedad venezolana enfrenta un momento de redefinición política.
Algunos celebran, otros temen que venga una transición caótica o incluso una contrarrevolución autoritaria. Esto refleja una de las lecciones más duras de Orwell: no es suficiente expulsar a un tirano; hay que construir estructuras que impidan que otro lo reemplace con las mismas prácticas. En Rebelión en la Granja, los animales terminan viviendo “todos igual que antes”, solo que bajo un nuevo grupo de dominadores.
Entonces, la pregunta que queda es doble:
Primero, ¿aprendimos de los errores del pasado? Y segundo, ¿estamos dispuestos a instituir mecanismos de rendición de cuentas, separación de poderes y participación ciudadana que realmente rompan con patrones autoritarios?
La captura de Maduro sea vista como justicia, derrota del autoritarismo o episodio geopolítico pone en jaque las narrativas dominantes. Nos obliga a mirar hacia adelante: no solo para celebrar el fin de un ciclo, sino para pensar críticamente en cómo evitar que otra figura, bajo promesas de redención, repita las mismas prácticas.
Orwell nos advierte que los ideales pueden ser corrompidos por quienes se apropian de ellos. Las sociedades que los abrazan deben ser vigilantes, no complacientes. En el caso venezolano, el desafío ahora no es solo político, sino cultural: rescatar la narrativa de soberanía popular sin permitir que nadie la adapte a su conveniencia autoritaria.