La mitología grecorromana, con el simbolismo de un panteón de dioses que habitan el Olimpo, presenta un conjunto de relaciones de alianzas, conflictos y guerras, cargadas de símbolos que más tarde se convertirían en arquetipos. Además de los dioses principales que se encontraban en el Olimpo, existen diosas como las Horas, las tres hijas de la titánide Temis y Zeus, representantes de la ley universal y el rey de los dioses, respectivamente. Las Horas son: Eirene, quien representa la paz; Dice, quien representa la justicia, y Eunomía, quien representa el buen orden y el gobierno.
En la mitología, las Horas son divinidades protectoras; no tienen un papel central en el juego de poder entre dioses y humanos. Esto evidencia cómo la relevancia de la paz, la justicia y el buen gobierno es, desde esta visión, secundaria frente a las guerras de los dioses poderosos. Esto normaliza una visión que busca el poder y emplea la violencia como una forma de resolución de conflictos.
La paz, la justicia y el buen orden, representados por Eirene, Dice y Eunomía, se presentan para mantener la prosperidad de los pueblos, siempre y cuando: a) se trate de un periodo ganado después de la lucha; b) sea otorgado a los ganadores como recompensa para su florecimiento, y c) los dioses poderosos así lo hayan otorgado. En presencia de las Horas, los pueblos pueden desarrollarse, tener cosechas que no son destruidas por la guerra y vivir seguros, sin violencia, mientras la ley vuelve a ser respetada.
Esta es una imagen que muestra la relación estrecha entre la paz y la prosperidad, y entre la violencia y la pobreza. El 17 de octubre es la fecha que las Naciones Unidas establecieron como el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Asimismo, la ONU reconoce que hay una conexión entre pobreza, derechos humanos y paz. Esto muestra, nuevamente, cómo en el derecho internacional es claro el requerimiento de justicia, protección social, dignidad y derechos humanos para la paz, más allá de la ausencia de conflicto.
Johan Galtung (1990), líder de los Estudios de Paz, señala que la pobreza constituye situaciones de exclusión de grandes sectores de la población del ejercicio de sus derechos humanos y del reconocimiento de su dignidad; asimismo, identifica cuatro necesidades básicas: de supervivencia, de bienestar, identitarias y de libertad. Esto lleva al desarrollo del concepto de violencia estructural como una privación de los derechos que afecta la búsqueda de la felicidad o eudaimonia, lo que significa limitar las potencialidades mentales y somáticas de la vida. Por ejemplo, cuando se acorta la vida por falta de acceso a la salud y a los servicios, aun cuando es posible tenerlos; o cuando un grupo monopoliza los recursos, lo que genera violencia.
En días recientes hemos sido testigos de cómo las poblaciones en Francia, España, Italia y México —entre otros países— se han levantado en marchas para demandar el acceso a estos derechos: vivienda, salud, educación y agua. Esto es reflejo de una insatisfacción de necesidades básicas que lleva a la carencia de acceso al ejercicio pleno de los derechos y que puede ser el reflejo de una violencia estructural. Son estas insatisfacciones las que llevan a los pueblos a manifestarse ante la frustración; muchas veces, sus manifestaciones son respaldadas por otros grupos que apoyan esas demandas sociales que benefician a una población.
Es por ello por lo que la paz y la pobreza van de la mano, pues la paz necesita comunidades que puedan desarrollar sus potencialidades gracias al acceso a la justicia, al ejercicio de sus derechos y a un buen gobierno.
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Autora:
Doctoranda Urapiti Paloma Castillo Moctezuma
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