Hay partidos que no se deben perder. Y si hay uno que el Atlético de San Luis tenía marcado en el calendario, era precisamente este: el Clásico de la 57. En un encuentro aguerrido, de esos que se juegan con algo más que futbol, los dirigidos por Diego Mejía se quedaron con la victoria ante Querétaro por 2-1 y le dieron una alegría a su afición.
Porque sí, el orgullo también cuenta. Y en San Luis, ganarle al rival de toda la vida tiene un sabor especial.
En los últimos clásicos disputados en la cancha del otrora Alfonso Lastras, los Gallos se habían llevado sendas goleadas. Por eso, esta edición parecía tener un guion diferente. No era para menos: el presente de ambos equipos invitaba a pensar en un duelo complicado para los potosinos. Querétaro llegaba peleando en la parte alta de la clasificación, una situación poco habitual en los últimos torneos, mientras que el Atlético arrastraba irregularidad y se mantenía en la zona baja.
Pero los clásicos no entienden de pronósticos. Mucho menos de posiciones en la tabla.
Este San Luis mostró otra cara. Se vio un equipo más dinámico, ordenado y dispuesto a competir cada pelota. No todas las individualidades brillaron, pero hubo sacrificio, solidaridad y trabajo colectivo. Y eso, en un partido de esta naturaleza, puede pesar tanto como una genialidad.
El Atlético entendió que para ganar el clásico no bastaba con ponerse la camiseta y esperar que la historia hiciera su trabajo. Había que correr, meter la pierna y mantener el orden. Había que jugarlo como se juega un partido que la afición no quiere perder.
Del otro lado, el Gallo llegaba con la confianza de quien se siente protagonista del torneo. Incluso hubo actos de vandalismo relacionados con pintas, pero, al final, la cancha siempre termina siendo el escenario donde se habla de futbol. Y ahí, esta vez, los potosinos hicieron valer su localía.
El marcador de 2-1 no solamente representa tres puntos. También significa una inyección de confianza para un equipo que ha navegado entre buenas actuaciones y tropiezos inesperados. La victoria puede ser un punto de inflexión, siempre y cuando el plantel entienda que el trabajo no termina con ganarle al rival más incómodo.
Porque aquí viene la pregunta importante: ¿todavía hay posibilidades de liguilla?
Mientras las matemáticas no digan lo contrario, la esperanza sigue viva. Sin embargo, no alcanza con celebrar el clásico ni con presumir que la 57 vuelve a pintarse de auriazul. El Atlético necesita darle continuidad a lo mostrado ante Querétaro, sumar en los partidos que vienen y dejar atrás esa irregularidad que tantas veces le ha costado puntos.
La afición ya vio que el equipo puede competir con intensidad, orden y carácter. Ahora necesita comprobar que no fue solamente una noche inspirada, impulsada por la rivalidad.
Si las estadísticas de los enfrentamientos recientes siguen favoreciendo al conjunto potosino, habrá argumentos para presumir el dominio en el clásico. Pero el verdadero reto está en trasladar esa energía al resto del campeonato. De nada servirá ganarle al vecino si después se vuelve a tropezar con los mismos errores.
Por lo pronto, hay motivos para sonreír. Diego Mejía y sus jugadores consiguieron una victoria que vale por tres puntos, por orgullo y por confianza. El Atlético recuperó, al menos por una noche, esa sensación de ser un equipo capaz de plantarse ante cualquiera.
La liguilla todavía es una aspiración que debe sostenerse con resultados, no con deseos. Pero el clásico dejó una señal alentadora: este equipo tiene con qué pelear si consigue mantener el nivel mostrado.
Y que no se confundan en la carretera: el Clásico de la 57 tiene dueño, al menos por esta edición.
La 57 es auriazul. Y mientras haya posibilidades de liguilla, que nadie dé por muerto al Atlético de San Luis.
