A veces los mundiales se organizan por mucho más que amor al fútbol. Cada cuatro años, millones de personas se reúnen frente a la pantalla o llenan estadios para ver el mayor espectáculo deportivo del planeta: el mundial de fútbol. Este deporte emociona porque despierta y moviliza identidades, recuerdos y emociones colectivas. Sin embargo, pensar que el Mundial es un simple torneo sería dejar de ver una parte importante: el fútbol profesional y los grandes eventos deportivos también son escenarios de poder político, económico y simbólico.
Organizar un Mundial significa recibir turistas y organizar partidos. Pero también proyectar una imagen hacia el mundo. En las relaciones internacionales esto se conoce como soft power o poder blando: la capacidad de influir a través del prestigio, la cultura y la visibilidad mundial.
El deporte es una herramienta para fortalecer la reputación internacional. Catar 2022 es el caso más visible de los últimos años: el torneo permitió mostrar al mundo un país moderno, tecnológicamente avanzado y capaz de organizar un evento global complejo. Lo mismo sucedió con Rusia en 2018: el Mundial funcionó como vitrina internacional para aminorar las críticas por violaciones a derechos humanos y libertades políticas. A este fenómeno se le conoce como sportwashing: utilizar el deporte para mejorar o suavizar la imagen de un gobierno ante la opinión pública internacional.
La candidatura de Estados Unidos , México y Canadá para organizar el Mundial de 2026, buscaba proyectar la idea de una Norteamérica integrada, competitiva y con capacidad de liderazgo económico y logístico a escala global. Las tensiones actuales entre estos tres países y de Estados Unidos con otras regiones del planeta le agregan una dimensión geopolítica mayor.
Los rumores sobre la participación de Irán, su posible alojamiento en México para disputar sus partidos en Estados Unidos, muestra como el fútbol no está separado de los conflictos internacionales: las historias diplomáticas, las disputas simbólicas y narrativas políticas trascienden los noventa minutos de juego.
Además, organizar un evento de tal magnitud implica enormes decisiones públicas. Se requiere infraestructura, transporte, seguridad, telecomunicaciones y servicios especiales. Y aquí surge una pregunta importante: ¿quién paga realmente el Mundial?
Aunque la FIFA y los patrocinadores obtienen ganancias millonarias, gran parte de los costos operativos son responsabilidad de los gobiernos nacionales y locales. En este 2026 algunas ciudades estadounidenses han levantado la voz respecto a los costos del transporte y la logística que tendrán que pagar con su presupuesto, sin quedar claros los beneficios a largo plazo.
La experiencia indica que algunas veces las inversiones para este tipo de eventos mejoran la infraestructura urbana pero también hay casos donde los estadios y las obras terminan subutilizadas e incluso abandonadas después de los eventos. Por eso, recibir un Mundial no es sólo motivo de celebración, también implica diseñar políticas públicas y decidir cómo se distribuyen los recursos públicos.
Esto no le quita el disfrute al fútbol. Al contrario, destaca su importancia porque moviliza emociones, identidades y recursos a escala global, a un nivel que es difícil de encontrar en otras actividades. Himnos, banderas, colores, convierten al juego en una representación simbólica de las naciones; así cuando una selección gana, muchas personas sienten alegría y orgullo colectivo, cuando pierde, la derrota puede ser un pesar nacional, canalizando las emociones internas de cada país. La capacidad del fútbol para reunir a millones de personas lo convierte en un fenómeno político de relevancia. Dejar de observar este componente es como ver sólo la mitad del juego.
Por: Javier Contreras Alcántara
