Pirateria ¿pecado o derecho?

Por

Elsa Carrera

- lunes, mayo 11 de 2026

Hablar de piratería desde América Latina implica desmontar una narrativa profundamente moralista construida desde los países centrales de la economía cultural. Durante décadas, la discusión pública redujo el fenómeno a una oposición simplista entre legalidad e ilegalidad, entre consumidores “correctos” y usuarios “criminales”. Sin embargo, en el Sur Global la piratería nunca fue únicamente un acto de evasión comercial: ha sido, sobre todo, una infraestructura alternativa de acceso al conocimiento, la música, el cine y la tecnología. Para millones de personas, la copia no representó una amenaza contra la cultura, sino la única posibilidad real de participar en ella.

El jurista Lawrence Lessig ha sostenido desde hace años que los regímenes excesivos de propiedad intelectual terminan sofocando la creatividad y restringiendo el acceso al conocimiento. Su propuesta de licencias abiertas mediante Creative Commons parte de una idea fundamental: la cultura siempre se construye sobre obras previas. Ninguna creación surge en el vacío. La música samplea, el cine referencia, la literatura reescribe y el internet remezcla constantemente contenidos existentes. Criminalizar esa circulación equivale a limitar la propia evolución cultural.

La industria del entretenimiento ha insistido en que la piratería destruye a los artistas. No obstante, algunos de los casos más emblemáticos de las últimas décadas muestran lo contrario. En 2007, Radiohead lanzó el álbum In Rainbows bajo un modelo revolucionario: cada usuario podía pagar lo que quisiera, incluso descargarlo gratuitamente. La apuesta parecía absurda para las grandes disqueras, acostumbradas a defender precios rígidos y sistemas cerrados de distribución. Sin embargo, el experimento no solo fue exitoso, sino que redefinió la relación entre artistas y audiencia. El álbum vendió millones de copias físicas y digitales, generó enormes ingresos y fortaleció el vínculo emocional con sus seguidores.

Durante una visita a Ciudad de México, Ben Redjeb descubrió un universo paralelo de discos piratas producidos por sonideros en Tepito desde las décadas de 1970 y 1980. Aquellas compilaciones ilegales reunían cumbia peruana, música tropical colombiana y sonidos africanos distribuidos artesanalmente para fiestas populares. Los llamados “discos pirata” no eran simples falsificaciones comerciales; funcionaban como archivos culturales alternativos creados desde los márgenes urbanos.

Por supuesto, defender el acceso libre no significa ignorar la necesidad de remunerar a los creadores. Existe una diferencia importante entre las grandes corporaciones culturales y los artistas independientes que dependen directamente de sus ingresos. El problema aparece cuando las legislaciones priorizan la protección absoluta de intermediarios empresariales sobre el derecho colectivo al acceso cultural. Muchas veces quienes más ganan con los modelos restrictivos no son los artistas, sino las plataformas y distribuidoras.

Quizá la pregunta correcta no sea si la piratería es un pecado o un derecho, sino qué revela sobre las desigualdades del sistema cultural contemporáneo. En el Sur Global, copiar ha significado estudiar, escuchar, aprender y participar de conversaciones culturales globales que de otra manera habrían permanecido inaccesibles. La copia, lejos de destruir la cultura, muchas veces la mantiene viva.

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Por Elsa Carrera