La nanomedicina: promesas y retos sociales

Por: Antonio Aguilera Ontiveros

Por

Redacción

- jueves, marzo 5 de 2026

Nanopartículas que llevan fármacos directo a un tumor. Pruebas que detectan señales mínimas de enfermedad antes de que haya síntomas. Dispositivos diminutos que monitorean procesos dentro del cuerpo. La escena suena a futuro, pero ya está aquí: las nanotecnologías, esto es, tecnologías diseñadas para operar a escalas extremadamente pequeñas, se han convertido en una de las apuestas más fuertes de la medicina contemporánea.

Para entender por qué, conviene mirar menos la tecnología y más la política de la salud. Michel Foucault lo formuló con una claridad incómoda: “El cuerpo es una realidad biopolítica; la medicina es una estrategia biopolítica.” En otras palabras: la medicina no es solo curación; también es una forma de organizar la vida social, administrar riesgos, establecer prioridades y definir qué vidas reciben más protección.

Las nanotecnologías suelen presentarse como “soluciones médicas”. Pero también funcionan como tecnologías de gobierno. Esto es, reordenan la relación entre Estado, cuerpos, población y mercado. ¿Cómo? Introduciendo nuevas formas de clasificar a los pacientes, nuevas cadenas de requisitos y nuevas barreras de acceso.

La precisión también tiene su paradoja: cuanto más se afina el criterio para decidir quién “califica” para un tratamiento (por biomarcadores, perfiles de riesgo o diagnósticos especializados), más se multiplican los filtros. Y esos filtros no son solo médicos: requieren dinero, tiempo, transporte, especialistas y laboratorios. La medicina de alta precisión puede terminar produciendo una ciudadanía sanitaria de dos velocidades.

La desigualdad no se explica solo por “precios altos”. Se explica por un conjunto de mecanismos que convierten la innovación en renta: patentes, exclusividades, control de plataformas, contratos cerrados y dependencia de proveedores. En términos simples, la tecnología no se vende sola: se vende un ecosistema (diagnóstico, seguimiento, dispositivos, datos). Y cuando ese ecosistema se vuelve indispensable, aparece el encierro tecnológico: cambiar de proveedor o de tecnología se vuelve tan caro que el sistema queda atrapado.

Aquí la biopolítica se vuelve contabilidad: presupuestos que se tensan, prioridades que se reordenan y decisiones de cobertura que se disfrazan de “técnicas”. Lo que se decide, en el fondo, es cuánto se invierte en prolongar la vida de unos frente a fortalecer la atención básica de muchos. Ese dilema rara vez se discute en voz alta, pero se ejecuta todos los días.

El resultado social es visible: listas de espera, trámites que filtran, diagnósticos tardíos y un fenómeno cada vez más común: familias que se endeudan o recurren a colectas para pagar tratamientos. La innovación, lejos de “resolver” la desigualdad, puede convertirla en experiencia íntima: culpa, angustia y la sensación de que la vida depende de una capacidad de pago.

La nanomedicina no es intrínsecamente “mala”. Pero su gobernanza social, tal como está organizada, tiende a reforzar un patrón: hacer vivir mejor a quienes ya están mejor situados y administrar la vulnerabilidad del resto. Si la medicina es una estrategia biopolítica, como advirtió Foucault, entonces el futuro “nano” no será automáticamente más justo: será, probablemente, más preciso en sus intervenciones y más sofisticado en sus exclusiones.