La Selección Mexicana cumplió en el marcador, pero volvió a quedar a deber en las sensaciones. Dos triunfos como visitante siempre suman en el expediente, aunque sería ingenuo confundir el resultado con una verdadera señal de crecimiento futbolístico. La pregunta incómoda persiste: ¿a quién se le ganó y cómo se le ganó?
El duelo ante Panamá fue el mejor ejemplo de esta contradicción. Un partido plano, sin ideas ni profundidad, que se resolvió más por un error ajeno que por mérito propio. El autogol en la última jugada evitó un empate que habría reflejado mejor lo visto en la cancha. No hubo dominio, no hubo propuesta y, sobre todo, no hubo esa sensación de autoridad que se espera de una selección que presume jerarquía en la región.
El segundo compromiso, en la siempre complicada altura de Bolivia, dejó una lectura similar. El gol de Germán Berterame —quien parece ganar terreno rumbo al Mundial— fue lo más rescatable de un encuentro desangelado, trabado y carente de emociones. Resistir también es parte del futbol, sí, pero hacerlo sin claridad ni ambición termina por exhibir las carencias de un equipo que sigue sin encontrar identidad.
Y mientras el calendario se llena de amistosos, la inquietud crece. Partidos que sirven poco para medir el verdadero nivel, que maquillan estadísticas, pero no resuelven dudas. El tiempo avanza y la Selección continúa en una zona gris: gana, pero no ilusiona; suma, pero no convence.
En ese contexto, la mirada local también entra en juego. Para la afición potosina surge una interrogante legítima: ¿habrá espacio para Eduardo Águila, defensa del Atlético de San Luis, en este proceso? La competencia es feroz y las oportunidades escasas, pero si algo ha demostrado este equipo es que aún hay vacantes abiertas… no por talento desbordado, sino por falta de certezas.