En la última década ha aumentado la participación de las sociedades en la construcción y la comunicación de los temas de la política mundial. Durante varios siglos eran los propios actores políticos, a través de medios de comunicación bajo su control, los que dominaban hegemónicamente la construcción de la opinión pública. Aunque este fenómeno continúa como tal, se suman a esta realidad una multiplicidad de factores, tanto sociales como económicos, que vuelven complejo el panorama para la definición individual de las posturas sobre los asuntos públicos.
En el actual contexto, y con el fortalecimiento de internet, la llegada de las redes sociales, la popularización de los medios digitales, entre otras muchas cosas, la polarización se presenta en muchísimos territorios de nuestro planeta, a través de la opinión pública, de las redes sociales y de los medios de comunicación, esto acompañado por el fortalecimiento de regímenes de corte autoritario que tienen su origen en todas las diferentes posturas políticas que, a nivel local, nacional o regional, han exacerbado sus discursos, generando polos políticos que se suscriben a intereses supranacionales.
En buena parte de los países democráticos del mundo occidental, la crispación y la polarización que siempre han estado presentes en la clase política se han apoderado de la vida pública de las sociedades. Las personas interesadas en lo público suelen estar convencidas de que viven un régimen autoritario o de que su país por fin ha logrado superar a los antiguos regímenes autoritarios y que viven el momento de la construcción de una nueva realidad, por fin, libre. No hay puntos medios; la mayor parte del tiempo no hay capacidad de transigir las propias certezas a partir de las opiniones opuestas o simplemente diversas. Así como siempre, los representantes de los partidos o grupos políticos han sostenido sus espacios de poder ofertando la opción que representan como la mejor, o incluso la única, para el bien de la ciudadanía.
Y esta polarización, desde su origen, tiene un componente que debería ocuparnos: las certezas y las definiciones reduccionistas de las opiniones diversas. Me refiero a que, cuando opinamos, solemos postularnos como poseedores de una verdad incuestionable, todas y todos, con conocimientos o sin ellos, con información que recopilamos a partir de sesgos de confirmación que se agudizan por los algoritmos que nos llevan a la información, y muchas veces vienen acompañados de intereses políticos y económicos que favorecen ciertas posturas y que, además, se masifican a través de estrategias ilegítimas, como el uso de bots, el posicionamiento de discursos y adjetivos radicalizantes en la información que consumimos, asumimos y hacemos nuestra.
Los fenómenos que mes a mes, semana tras semana, a veces día con día, posicionan temas en la opinión pública y generan que ciudadanos, expertos, políticos, dirigentes, pero sobre todo empresas e intereses económicos, vayan construyendo posturas que el resto consumimos, porque lo que vemos nos confirma nuestras percepciones, nuestros intereses, incluso nuestras opiniones, como si fueran certezas incuestionables; el problema es que asumimos que esas confirmaciones son definitorias, concluyentes, absolutas, y eso lleva a que califiquemos a quienes no comparten esas posturas, sin importar su origen, su cercanía personal o interpersonal, sus conocimientos o su trayectoria, como inválida, ignorante o francamente estúpida. Si otro ser humano opina de una manera diferente, normalmente creemos que seguramente es porque es un hecho que ignora muchas cosas.
Cuando las posturas se encienden al grado tal de negar la posibilidad de que el otro tenga algo de razón, cada postura que defiende o ataca una postura pública se autoafirma, sin dudar ni un instante si es que ese ataque es justo y que la violencia ejercida desde la propia posición, que se asume como la correcta, es indispensable, con la seguridad de que se le hace un bien a la patria al denostar con los adjetivos más virulentos a quienes no aprobamos. Pero estas posiciones inamovibles han trascendido desde lo político hacia otras esferas públicas, incluso a la esfera de lo privado. Somos capaces de descalificar a los propios.
Esa certeza de que la ignorancia está presente en toda opinión que sea diversa de la propia favorece solo a los intereses económicos, de control y de poder, pero afecta el tejido social, la construcción de comunidades y el fortalecimiento de las colectividades en general. Somos muchos y muchas, y cada cual vive en múltiples diversidades con las que se tiene que convivir y a las que se debe aceptar como parte de nuestras vidas. La otredad no está equivocada (o correcta) por ser diferente; la otredad simplemente es otredad y existe, como tú y en el mismo planeta; tiene defectos, errores y virtudes. Además, puede tener otras razones para creer lo que cree que no necesariamente podemos entender, sin importar la cantidad de información que poseamos.
Muchas discusiones que nunca llegarán a un consenso, en las que quien habla se expresa de tal manera que tiene la seguridad de que lo que dice debe ser escuchado y asumido, incluso por otros, porque esas otredades están invariablemente equivocadas, simplemente porque quien habla lo entiende mejor, lo conoce más, lo comprende de una manera que nadie más puede hacerlo. Cuando esta actitud autoritaria se apodera de tantas personas, ¿qué podemos esperar de sus gobiernos? ¿Cuántos gobiernos actualmente son vistos por las mayorías o unas minorías poderosas como un baluarte a defender para que los otros no lleguen, porque, si llegan, el mundo será mucho peor?
Pero a los gobiernos no se les aplaude ni se les defiende; se les exige, se les cuestiona y, por supuesto, cuando creemos que se han hecho bien las cosas, se les reconoce, pero nada más allá de eso. Es por ello que las posturas autoritarias surgen desde todas las latitudes de la esfera política. Un grupo se asienta en el poder y hace todo lo posible para que los demás no tengan voz e, incluso, interviene en otros países para imponer su postura más allá de los límites de sus constituciones o del concierto internacional. Y, aun así, siguen siendo aplaudidos.
¿Qué es lo que significa un poder autoritario en el siglo XXI? Es difícil decirlo. La teoría ha aportado bastante sobre las características que se pueden identificar de los regímenes para considerarlos autoritarios, fallidos o dictatoriales, pero la información pública no suele brindar a la población los referentes suficientes para construir un criterio que pueda ayudarle a definir una postura válida; incluso los expertos caen en sesgos de confirmación, construyen sus opiniones a través de falacias de todas las categorías y, a veces, no distinguen entre la propia opinión y lo que la información les brinda. ¿Qué nos espera entonces sobre nuestra capacidad de comprensión a quienes no contamos con las herramientas para construir esas certezas?
Sin embargo, es indudable que muchos gobiernos actuales ejercen un poder autoritario, sostenidos en su mayoría por personajes carismáticos que concentraron la atención de las ciudadanías en sus proyectos políticos; pero el autoritarismo no se limita ahora solo a los gobiernos: está en la polarización que hemos construido en la mayoría de los países, a partir del dolor del pasado, a partir de la imposición en lugar del consenso, a partir de la violencia que ejercemos, justificándola en que la otredad es peor. Lo observamos todos los días, lo sufrimos y lo construimos desde nuestras individualidades y desde las colectividades que se autoafirman en la otredad (que forma parte de la misma colectividad), convirtiendo una postura en una generalidad indudable. Nosotros estamos siendo los autoritarios a partir de nuestras certezas.