Hoy en día resulta muy común escuchar que la inteligencia artificial (IA) está cambiando el mundo. Hablar del impacto que la IA está teniendo en los diferentes ámbitos comienza también a ser una normalidad. Y referirse a las profesiones que ganan y pierden con la irrupción de la IA empieza a ser un tema que nos ocupa.
Pues bien, sobre esto ya ha corrido tinta y correrá mucha más, pero más que ver a la IA como algo que ocurre allá afuera, es importante reconocer los espacios que la inteligencia artificial no podrá habitar.
En cuanto a las profesiones, paradójicamente, estas se ven más amenazadas que los oficios. La inteligencia artificial podrá dar respuesta a muchas complejidades por la gran cantidad de datos que maneja y la velocidad con la que los procesa; sin embargo, no podrá cambiar una bombilla ni resolver una gotera en el techo. Menos aún remendar esos zapatos viejos que nos gustan tanto o arreglar esa prenda a la que se le ha caído un botón.
Y es cierto que no todos los oficios han quedado a salvo por completo; no obstante, otra paradoja es que incluso en aquellos tipos de trabajo que se ven más afectados, sigue habiendo espacio para las personas. Es el caso de los operarios, por ejemplo, quienes, si bien en algunos casos han sido sustituidos, los más capacitados han visto cómo se les otorga la responsabilidad de vigilar los procesos que quedan a cargo de la IA.
Pero no todo es blanco o negro en este asunto. La actividad humana tiene sus “asegunes”, y la inteligencia artificial también se ha colado en ellos. En este sentido, me quiero referir a la formación.
No cabe duda de que una de las profesiones con alto grado de oficio es la transmisión del conocimiento. No me refiero a la que se da en los libros o en los artículos académicos, sino a la que ocurre en las aulas, la que realiza el profesor con sus alumnos en un salón de clases. En esta actividad de formación también se ha colado la IA, pero no para sustituir al profesor —lo cual no va a ocurrir, pese a lo que algunos comenzaron a asumir—, sino más bien para revalorizar su labor.
La instrucción académica y no académica, apoyada en la IA, deberá mejorar gracias a la gran cantidad de información que el profesor podrá adquirir, analizar y discernir para su manejo y transmisión. Y aquí se encuentra la parte toral de la cuestión.
La enseñanza comprende mucho más que solo transmitir conocimiento a quien no lo tiene. Implica la interpretación del alumno, el reconocimiento de sus capacidades y la conciencia de lo que puede y no puede hacer. Porque es el maestro quien se encarga de darle sentido a lo que enseña y de hacer plausibles sus enseñanzas. Es el maestro quien no solo dota de herramientas intelectuales a sus alumnos, sino que también les transmite habilidades, posibilidades y amor por esa profesión, por ese oficio, por esa actividad humana.
La inteligencia artificial podrá proporcionarnos un vasto conocimiento sobre casi cualquier cosa que le pidamos, pero no podrá enseñarnos con el ejemplo; no podrá decirnos que lo intentemos de otra manera o mirarnos insistiendo una y otra vez. Eso solo lo hace el maestro con mayúsculas: el maestro de carne y hueso que nos mira a la cara y nos insiste: “¡tú puedes!”. Ese maestro a quien, pasados los años, recordamos porque enriqueció un espacio de tiempo compartido.
En fin, sea bienvenida la inteligencia artificial como ese instrumento que nos exigirá ser mejores, en principio por la gran cantidad de información que nos proporciona y por las tareas de las cuales nos releva, pero que dejará libres y sin habitar la creación, la innovación, el esfuerzo, la chispa, la duda razonable, la controversia y la discusión espontánea, todo ello para ser utilizado en el momento justo y adecuado.