Las múltiples casualidades de Villa de Pozos

Por

Ernesto García

- viernes, noviembre 14 de 2025

Dicen que en la vida nada es casualidad. En Villa de Pozos, sin embargo, las coincidencias son tantas y tan precisas que más bien parecen producto de una maquinaria que opera en silencio, donde nada se mueve sin que alguien lo haya previsto. Y no es nuevo: desde que se impulsó el plebiscito para convertir a la delegación en municipio, las casualidades han estado a la orden del día. Ahí está el ejemplo más incómodo: el plebiscito reunió menos participación que las firmas que supuestamente respaldaban su realización.

La expectativa era alta: separar a una demarcación con crecimiento acelerado y mantenerla a flote sin descuidar los servicios que antes garantizaba la capital. Pero la improvisación constante, la falta de planeación y la dependencia de proyectos estatales que nunca terminaron de aterrizar provocaron que el descontento creciera de forma inevitable.

Los habitantes de Villa de Pozos descubrieron pronto que el cambio de estatus municipal no resolvería de un día para otro sus carencias históricas. El tema de la recolección de basura, la seguridad, la movilidad y la administración interna fueron recordatorios permanentes de que los concejales no habían logrado enraizarse en la comunidad ni comprender la complejidad del territorio. La alianza con el gobierno estatal, que en papel debía ser una ventaja, terminó revelando otra realidad: no se puede gobernar un municipio desde la distancia, mucho menos uno lleno de contrastes sociales y con rezagos acumulados durante décadas.

Mientras reporteros buscaban el oficio inexistente el miércoles, la Comisión de Gobernación ya tenía lista la sesión en la que, por unanimidad, se propondría a Aradillas para encabezar el Concejo Municipal. Todo armónico, sin titubeos, sin resistencias. La mesa puesta. La coreografía perfecta.

Al día siguiente, el procedimiento se consumó. El dictamen aprobado por la Comisión de Gobernación confirmaba la renuncia de Rivera que habría sido presentada el mismo 11 de noviembre y la designación de Aradillas como presidenta del Concejo. Asumiría el cargo este 14 de noviembre y concluiría funciones hasta septiembre de 2027. La justificación: evitar un vacío de autoridad. En abstracto, suena razonable. En la práctica, plantea más preguntas que certezas.

Es decir: la designación debió surgir del propio cuerpo municipal, no del Congreso.
Tampoco debe olvidarse otro punto: una diputada en funciones no puede asumir un cargo municipal sin separarse de su curul 90 días antes, conforme al artículo 118 constitucional. En este caso, la solicitud de licencia ocurrió apenas horas antes del dictamen. Más coincidencias, más casualidad.

A pesar de todo ello, el proceso siguió su curso como si las normas no existieran. Y esa discrepancia entre lo que dice la ley y lo que hace la política es, quizá, el mayor síntoma de que en Villa de Pozos la improvisación institucional no empieza ni termina con un nombre propio.

La queja no era solo por la decisión, sino por la forma: no hubo consulta, no hubo diálogo, no hubo participación ciudadana. Los habitantes reclamaron además la falta de transparencia en la administración de Rivera, recordando que se anunciaron 200 millones de pesos en obras que nadie logra ubicar. La herida está abierta y la confianza, fracturada.

Los cuestionamientos fueron más allá del procedimiento. Se dirigieron a la trayectoria misma de Aradillas. Recordaron que ya había sido diputada y que, en ese periodo, no impulsó iniciativas visibles en beneficio de Villa de Pozos. “¿Qué puede hacer ahora como concejal?”, preguntó un vecino. Una pregunta simple que resume una preocupación real: la desconexión entre la los gobernantes y su clase política que dice representarlos

Villa de Pozos merece más que eso. Merece legalidad, transparencia y participación real. Merece que su futuro no dependa de coincidencias sino de su gente, es como un adolescente que apenas cumplió su mayoría de edad y que no lo dejan asumir sus obligaciones.