Dicen que en la vida nada es casualidad. En Villa de Pozos, sin embargo, las coincidencias son tantas y tan precisas que más bien parecen producto de una maquinaria que opera en silencio, donde nada se mueve sin que alguien lo haya previsto. Y no es nuevo: desde que se impulsó el plebiscito para convertir a la delegación en municipio, las casualidades han estado a la orden del día. Ahí está el ejemplo más incómodo: el plebiscito reunió menos participación que las firmas que supuestamente respaldaban su realización.
Una ironía que nunca terminó de explicarse. Tampoco es menor que quienes promovieron la iniciativa olvidaran una firma clave al momento de presentar el documento. Cosas que “suceden”, claro está. Esa cadena de episodios fue solo el preámbulo para lo que vendría después. Villa de Pozos nació cargando una pesada loza administrativa y política, personificada en la figura de Teresa Rivera, designada concejal presidenta en 2024. Una responsabilidad inmensa que, desde el primer día, lucía más grande que su margen de maniobra.
La expectativa era alta: separar a una demarcación con crecimiento acelerado y mantenerla a flote sin descuidar los servicios que antes garantizaba la capital. Pero la improvisación constante, la falta de planeación y la dependencia de proyectos estatales que nunca terminaron de aterrizar provocaron que el descontento creciera de forma inevitable.
Los habitantes de Villa de Pozos descubrieron pronto que el cambio de estatus municipal no resolvería de un día para otro sus carencias históricas. El tema de la recolección de basura, la seguridad, la movilidad y la administración interna fueron recordatorios permanentes de que los concejales no habían logrado enraizarse en la comunidad ni comprender la complejidad del territorio. La alianza con el gobierno estatal, que en papel debía ser una ventaja, terminó revelando otra realidad: no se puede gobernar un municipio desde la distancia, mucho menos uno lleno de contrastes sociales y con rezagos acumulados durante décadas.
En ese contexto de desgaste, ocurrió quizá la casualidad más sofisticada. El 11 de noviembre, las aguas del rumor se agitaron desde temprana hora. La noticia de que Patricia Aradillas había solicitado licencia a su diputación comenzó a circular casi al mismo tiempo en que trascendía la renuncia de Teresa Rivera. Pero mientras la solicitud de licencia era un hecho confirmado, la renuncia llevaba horas flotando en el aire sin documento visible, sin detalles, sin confirmación oficial. Aun así, el engranaje legislativo avanzó con fluidez admirable: el concejal priista Víctor Nájera Vidales, de pronto se convirtió en experto en los procedimientos internos, y apareció en el Congreso “sin saber” de la renuncia, pero casualmente presente para un momento clave de declaraciones y precisiones
Mientras reporteros buscaban el oficio inexistente el miércoles, la Comisión de Gobernación ya tenía lista la sesión en la que, por unanimidad, se propondría a Aradillas para encabezar el Concejo Municipal. Todo armónico, sin titubeos, sin resistencias. La mesa puesta. La coreografía perfecta.
Al día siguiente, el procedimiento se consumó. El dictamen aprobado por la Comisión de Gobernación confirmaba la renuncia de Rivera que habría sido presentada el mismo 11 de noviembre y la designación de Aradillas como presidenta del Concejo. Asumiría el cargo este 14 de noviembre y concluiría funciones hasta septiembre de 2027. La justificación: evitar un vacío de autoridad. En abstracto, suena razonable. En la práctica, plantea más preguntas que certezas.
Porque aquí es donde la ley entra en escena, y lo hace con contundencia. La Ley Orgánica del Municipio Libre establece con claridad que ni el Congreso del Estado ni sus integrantes pueden nombrar a la persona que sustituye al presidente o presidenta municipal, incluso si el municipio es gobernado por un Concejo. Esa facultad corresponde al propio Concejo, que tiene las atribuciones de un Ayuntamiento completo, según los artículos 43 y 45 de la misma ley.
Es decir: la designación debió surgir del propio cuerpo municipal, no del Congreso.
Tampoco debe olvidarse otro punto: una diputada en funciones no puede asumir un cargo municipal sin separarse de su curul 90 días antes, conforme al artículo 118 constitucional. En este caso, la solicitud de licencia ocurrió apenas horas antes del dictamen. Más coincidencias, más casualidad.
A pesar de todo ello, el proceso siguió su curso como si las normas no existieran. Y esa discrepancia entre lo que dice la ley y lo que hace la política es, quizá, el mayor síntoma de que en Villa de Pozos la improvisación institucional no empieza ni termina con un nombre propio.
Pero lo más revelador vino de los vecinos, este mismo jueves, mientras el Congreso afinaba tecnicismos, un grupo de ciudadanos de Villa de Pozos se reunió con concejales de oposición para expresar su rechazo a la designación de Aradillas. Las voces se multiplicaron y, lejos de la solemnidad legislativa
La queja no era solo por la decisión, sino por la forma: no hubo consulta, no hubo diálogo, no hubo participación ciudadana. Los habitantes reclamaron además la falta de transparencia en la administración de Rivera, recordando que se anunciaron 200 millones de pesos en obras que nadie logra ubicar. La herida está abierta y la confianza, fracturada.
Los cuestionamientos fueron más allá del procedimiento. Se dirigieron a la trayectoria misma de Aradillas. Recordaron que ya había sido diputada y que, en ese periodo, no impulsó iniciativas visibles en beneficio de Villa de Pozos. “¿Qué puede hacer ahora como concejal?”, preguntó un vecino. Una pregunta simple que resume una preocupación real: la desconexión entre la los gobernantes y su clase política que dice representarlos
Las casualidades, vistas en conjunto, cuentan una misma historia: la de un municipio que nació con prisas, se administró con parches y hoy transita un proceso de sucesión lleno de opacidad, interpretaciones forzadas y decisiones tomadas lejos de la ciudadanía.
Villa de Pozos merece más que eso. Merece legalidad, transparencia y participación real. Merece que su futuro no dependa de coincidencias sino de su gente, es como un adolescente que apenas cumplió su mayoría de edad y que no lo dejan asumir sus obligaciones.