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EL DESEQUILIBRIO…

 

Tracemos una historia, la de “Jorge”. Un joven vivaracho que sale a ganarse el pan todos los días, honradamente, como afanador en alguna empresa (mediana). El muchacho es avispado y la noticia del 15% de aumento al salario mínimo para el año entrante le alegró tanto la jornada, que hasta bailó con la escoba. Ni siquiera imagina que en dos meses, quizá menos, podría estar tronándose los dedos, sin empleo, tal vez emprendiendo en la informalidad o -lo menos deseable, pero bastante probable- explorando el camino ilícito para poder sobrevivir.

 

Como su caso, se avecinan miles, millones en México. Eso sucede cuando se rompen los equilibrios con decisiones poco ecuánimes, como la que tomaron la Comisión Nacional de Salarios Mínimos y el sector obrero, al establecer los sueldos mínimos en 141.70 pesos diarios en general y 213.39 pesos para zona fronteriza.

“No exageren”…

La realidad es que este anuncio, no es más que alharaca de justicia social que traerá consecuencias terribles por falta de contrapeso. Y miren que al presidente López Obrador le pareció insuficiente la cifra, además de tildar como “una exageración e insensatez” la idea de que las empresas puedan quebrar.

                                                             Duro golpe.

De inicio, el anuncio no viene acompañado de ningún estímulo para la parte productiva, es decir,  las empresas generadoras de empleo que ya de por sí tuvieron que resistir estoicamente los embates de la pandemia de Covid 19, no se habla de estímulos fiscales, condonación de impuestos, financiamientos ni apoyos económicos específicos; en San Luis Potosí, la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), liderada por Julio C. Galindo, apenas se alegraba hace una semana por la recuperación del 53% de los empleos perdidos a causa del coronavirus, cuando llega como balde de agua fría esta nueva disposición social.

 

La ausencia de visión económica no solo traerá el crecimiento de la informalidad, sino el  encarecimiento de productos y pérdida de empleos, después vendrá el deterioro de la seguridad; es insoslayable que los trabajadores deben mejorar sus condiciones laborales, su nivel de vida, pero parte de ese proceso debería construirse tomando en cuenta todas las implicaciones y en este momento no se ven por ninguna parte. Por ejemplo, parece que no consideraron la inflación.

 

Muchos sacrificados.

No se duda de la buena intención, pero si un empresario debe aumentar el salario de tal bagaje con una plantilla de 20 o más trabajadores, a algunos tendrá que sacrificar, ¿Se imaginan las grandes empresas? con miles de empleados. Y de ahí desmenuzamos lo que sigue: el desempleo es uno de los detonadores de la desigualdad, luego se conduce a la pobreza, y en ese contexto de opciones reducidas pocos dudan si se trata de comer: es matar o morir, a veces -trágicamente- en el sentido más literal.

 

Y así, de pronto una franja de la población que se esfuerza por contribuir socialmente al desarrollo, se verá en la disyuntiva de tomar el camino bueno -pero cuesta arriba- o el peligrosamente fácil, del que pocos o nadie regresa porque esa cadena difícilmente se invierte; con este escenario, ese 15% de incremento se vuelve además, un detonador criminológico que veremos reflejado. Y pronto.

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