Jóvenes dicen estar bien, pero enfrentan un creciente desgaste emocional



También se identifican las relaciones sociales conflictivas, la violencia y la exclusión como factores.

Por

Ernesto García

- sábado, octubre 10 de 2026

San Luis Potosí, S.L.P., sábado 10 de octubre de 2026.- La presión social, los problemas de autoestima, las dificultades para establecer vínculos personales y la falta de atención psicológica forman parte de los desafíos que enfrentan adolescentes y jóvenes en México. Aunque mantienen una valoración positiva de su vida, los indicadores de bienestar emocional muestran señales de deterioro, mientras que algunas afecciones pueden permanecer sin diagnóstico durante años.


Sentirse satisfecho con la vida no necesariamente significa encontrarse bien emocionalmente. Esta contradicción se refleja entre los jóvenes mexicanos, quienes mantienen expectativas favorables sobre su futuro, pero también experimentan cansancio, preocupación, tristeza y dificultades relacionadas con su bienestar psicológico.


Los resultados del Módulo de Bienestar Autorreportado (BIARE) 2026, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), revelan que las personas de entre 18 y 29 años registraron un balance anímico de 5.02 puntos, en una escala de -10 a 10, por debajo del promedio nacional de 5.34 puntos.


La cifra representa una disminución respecto a 2025, cuando este grupo alcanzó 5.12 puntos. En el mismo periodo, el indicador relacionado con la energía y vitalidad frente al cansancio pasó de 4.39 a 3.99 puntos, mientras que la valoración de alegría frente a tristeza o depresión descendió de 6.23 a 5.94 puntos.


Sin embargo, cuando se les preguntó qué tan satisfechos se encontraban con su vida, los jóvenes otorgaron una calificación promedio de 8.74 puntos sobre 10. Esta diferencia muestra que una valoración favorable de las circunstancias personales puede coexistir con experiencias emocionales menos positivas.

La situación contrasta con la de los adolescentes de 12 a 17 años, quienes registraron una satisfacción general de 9.39 puntos, la más alta entre los grupos de edad analizados.


La salud mental no se limita a la ausencia de enfermedades. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), constituye una dimensión del bienestar que influye en la manera de pensar, sentir, actuar y relacionarse con otras personas, además de permitir enfrentar situaciones difíciles de la vida cotidiana.


Autoridades educativas federales advierten que la adolescencia y la juventud son etapas en las que los cambios personales y sociales pueden incrementar la exposición a situaciones de malestar psicológico.


Entre los factores de riesgo identificados se encuentran la discriminación, la exclusión, las dificultades para acceder a servicios educativos y médicos, la presión constante de compañeros, la imposición de normas de género y la exposición a conflictos o violencia dentro de la familia y los centros escolares.


También se señala la distancia entre las aspiraciones personales de los adolescentes y las condiciones que enfrentan cotidianamente, una situación que puede generar frustración y dificultades emocionales.

La información, basada en datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT), refiere que la ansiedad y la depresión se encuentran entre los trastornos mentales más frecuentes durante la adolescencia.


En la población adolescente considerada por la encuesta, el 15.6 por ciento manifestó que no dormía bien todo el tiempo o la mayor parte del tiempo, mientras que el 7.8 por ciento señaló que rara vez o nunca disfrutaba de la vida.


Una de las problemáticas que pueden desarrollarse durante estas etapas son los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), alteraciones de salud mental que modifican de manera perjudicial la relación de las personas con la comida y, en algunos casos, con su imagen corporal.


La anorexia, la bulimia y el trastorno por atracón son algunas de las alteraciones más conocidas, aunque también existen conductas relacionadas con restricciones alimentarias, una preocupación excesiva por consumir únicamente alimentos considerados saludables o la búsqueda compulsiva de mayor musculatura.


Aunque los trastornos alimentarios suelen asociarse principalmente con las mujeres, las estadísticas muestran que también representan un riesgo para los adolescentes varones.


De acuerdo con la ENSANUT Continua 2022, el 1.2 por ciento de los adolescentes hombres presentaba riesgo de desarrollar algún trastorno de la conducta alimentaria, frente al 2 por ciento de las mujeres.


Las consecuencias de estos padecimientos pueden extenderse a la salud física, emocional y social. Entre las complicaciones se encuentran alteraciones digestivas y cardiovasculares, ansiedad, depresión, aislamiento y, en los casos más graves, un mayor riesgo de suicidio y muerte.

Otra dimensión del bienestar emocional es la soledad, una experiencia que no necesariamente implica permanecer físicamente aislado.


Una persona puede convivir diariamente con compañeros de escuela, familiares o amistades y, aun así, experimentar una sensación persistente de desconexión emocional o falta de vínculos significativos.

La soledad y el aislamiento social son condiciones distintas. Mientras el aislamiento se relaciona con una cantidad limitada de interacciones personales, la soledad corresponde a la percepción de no contar con relaciones afectivas satisfactorias.


Esta diferencia resulta importante porque aumentar la convivencia no necesariamente elimina la sensación de sentirse solo. Una persona puede mantener una vida social activa y experimentar dificultades para compartir sus preocupaciones, expresar sus emociones o solicitar apoyo.


En el BIARE 2026, los jóvenes de 18 a 29 años calificaron con 8.58 puntos su satisfacción con las amistades y con 9.04 sus relaciones familiares. Aunque las cifras son favorables, estas valoraciones no permiten determinar por sí solas si las personas experimentan soledad.


La información educativa sobre salud mental también identifica las relaciones sociales conflictivas, la violencia y la exclusión como factores que pueden aumentar la vulnerabilidad emocional durante la adolescencia.

Además de los factores personales y sociales, el acceso a servicios especializados representa otro desafío para quienes enfrentan problemas de salud mental.


En México, algunas personas con afecciones psicológicas pueden tardar alrededor de 14 años en obtener un diagnóstico, tratamiento y especialista adecuados, de acuerdo con una referencia publicada en 2021.

Aunque esta estimación no corresponde exclusivamente a adolescentes y jóvenes, permite dimensionar las dificultades que pueden presentarse para identificar y atender oportunamente determinados padecimientos.


El documento también recoge información atribuida a la ENSANUT sobre la magnitud de la depresión en México y sus efectos en las actividades cotidianas, al señalar que las personas afectadas pueden experimentar periodos de incapacidad asociados con sus síntomas.


Estas dificultades adquieren importancia durante la etapa escolar, cuando los problemas emocionales pueden relacionarse con alteraciones del sueño, falta de concentración, aislamiento, conflictos personales y dificultades para mantener las actividades académicas.


La falta de atención oportuna también puede provocar que algunos síntomas persistan durante años y continúen afectando a las personas durante la vida adulta.


Frente a estas necesidades, la prevención de los problemas de salud mental no depende únicamente de la atención individual, sino también de las condiciones existentes en los hogares, las escuelas y los espacios comunitarios.

Las autoridades educativas plantean que los centros escolares deben incorporar acciones colectivas para promover el bienestar psicológico, entre ellas campañas informativas sobre salud mental, orientación sobre los servicios disponibles y actividades para desarrollar habilidades socioemocionales.


También propone fortalecer la coordinación entre docentes, autoridades educativas y personal especializado, con el propósito de garantizar que los estudiantes que enfrentan dificultades emocionales puedan continuar sus actividades en condiciones de igualdad.


Entre las medidas preventivas se encuentran promover hábitos adecuados de sueño, realizar actividad física, prevenir las adicciones y fomentar una alimentación equilibrada.


La OMS también recomienda que adolescentes y jóvenes desarrollen herramientas para reconocer y gestionar sus emociones, así como habilidades sociales que les permitan construir redes de apoyo.


Estas medidas no sustituyen la atención profesional cuando existe un padecimiento, pero pueden contribuir a generar entornos donde los jóvenes encuentren mayores posibilidades de expresar sus preocupaciones y solicitar ayuda.


Los resultados del INEGI muestran que, pese a mantener una valoración positiva de sus perspectivas personales, los jóvenes mexicanos presentan diferencias importantes en su bienestar emocional.


Entre las personas de 18 a 29 años, la satisfacción con sus perspectivas a futuro alcanzó 8.88 puntos, mientras que la libertad para decidir sobre su propia vida obtuvo una calificación de 9.14.

En contraste, la seguridad ciudadana registró apenas 6.3 puntos y el tiempo libre 7.92, dos de las valoraciones más bajas para este grupo de edad.


La percepción de sentirse bien consigo mismos alcanzó 8.63 puntos, por debajo de los 9.06 registrados entre adolescentes de 12 a 17 años. El optimismo respecto al futuro también presentó una diferencia: 8.59 puntos entre los jóvenes adultos frente a 8.95 entre los adolescentes.


En el marco del 10 de octubre, Día Internacional de la Salud Mental, los indicadores estadísticos y la información especializada colocan nuevamente la atención psicológica, la prevención y el acceso a servicios como asuntos relevantes para adolescentes y jóvenes.


La salud mental, reconocida como un derecho humano, también depende de las condiciones familiares, educativas y comunitarias en las que se desarrollan las personas. Por ello, el desafío no se limita a identificar los trastornos, sino a garantizar que quienes enfrentan dificultades puedan recibir orientación y atención sin discriminación, estigmas ni barreras de acceso.