Por momentos, la realidad rebasa al deporte. La reciente ola de violencia desatada tras el abatimiento de un líder criminal —hechos que provocaron bloqueos, quema de vehículos y ataques a comercios en varias regiones del país— ha colocado a Guadalajara en el centro de una conversación incómoda: ¿puede una ciudad golpeada por la inseguridad garantizar la tranquilidad que exige un evento de talla mundial?
No se trata de una ciudad cualquiera. Guadalajara es un símbolo económico, cultural y deportivo de México. Además, su designación como sede mundialista la coloca bajo los reflectores internacionales. La violencia del fin de semana no solo alteró la vida cotidiana de sus habitantes; también encendió alarmas en federaciones, selecciones nacionales y organismos deportivos que observan con cautela el panorama.
El calendario no concede treguas. En cuestión de semanas, la ciudad será epicentro futbolístico con el repechaje rumbo a la Copa del Mundo. La expectativa de miles de aficionados nacionales y extranjeros contrasta con los recientes episodios de inseguridad. En este contexto, la pregunta no es si el futbol debe detenerse, sino si las autoridades están preparadas para blindar una sede que hoy enfrenta focos rojos.
Desde la FIFA no existen —por ahora— planes para retirar la sede. Sin embargo, la preocupación es evidente: la seguridad no puede improvisarse ni resolverse con operativos reactivos. La confianza de los equipos, patrocinadores y aficionados depende de certezas, no de promesas. Un evento global no solo mide la capacidad organizativa, también evalúa la estabilidad social de la ciudad anfitriona.
El mensaje es claro: tendría que ocurrir algo extraordinario para que Guadalajara pierda su estatus mundialista, pero eso no la exime de un severo llamado de atención. Más que un “jalón de orejas”, lo que está en juego es la reputación internacional de la ciudad y del país entero. La vitrina del futbol mundial no perdona fallas en seguridad.
Hoy, Guadalajara enfrenta una prueba que trasciende el deporte. Mantener la sede no será suficiente; deberá demostrar que puede ofrecer algo más valioso que un estadio lleno: la certeza de que la fiesta del futbol puede celebrarse sin miedo.