San Luis Potosí, S.L.P., jueves 05 de marzo de 2026. – Enclavada en el Barrio de San Juan de Guadalupe, en una modesta casa que recuerda los años de aquellas vecindades del centro de la ciudad, vive Irma Araceli Villegas Niño, conocida como “La Pequecita del Sabor”, fundadora del Sonido Eclipse. Con la tradición sonidera en la sangre, hoy es reconocida como Potosina del Año, un reconocimiento a su trayectoria, pero también a una lucha contra la misoginia en un mundo lleno de prejuicios y peligros.
Irma invita a tomar asiento en un cuarto que ha habilitado como bodega de amplificadores, bocinas y recuerdos. Ahí rememora que, desde su infancia, las bocinas eran más grandes que ella. Su padre la levantaba y la sentaba entre las enormes cajas de sonido mientras acomodaba tornamesas, luces y cables para algún evento.
Desde ese lugar, pequeña y curiosa, observaba el mundo sonidero que años después también sería su identidad y su estilo de vida. En su familia, la música siempre fue parte de la vida cotidiana.
Del lado paterno hay varios sonideros. Durante años, su padre, Epifanio Villegas, junto con dos de sus tíos, utilizaba su equipo para amenizar pequeñas fiestas en San Luis Potosí. No eran famosos, pero bastaban las tornamesas, las barredoras de luces y la cumbia para llenar de baile cualquier patio o salón.
Entre ese ambiente creció Araceli. Como en su casa no había hijos varones, su padre acostumbraba pedir ayuda a sus hijas en trabajos pesados. A ella le tocaba desde apoyar en labores de construcción hasta forrar las luces de las barredoras o cambiar los papeles de colores del equipo.
En medio de ese trabajo físico, tradicionalmente asociado a los hombres, entre cables y música nació la curiosidad. Primero fue el gusto por bailar; después, el deseo de estar del otro lado de la consola.
Sin embargo, entrar al ambiente no era sencillo. El mundo sonidero ha estado vinculado durante años a estigmas relacionados con pandillas y sectores sociales marginados, además de un entorno donde la discriminación suele dejar de lado lo más importante: el baile y la fraternidad del barrio, acompañados de canciones alegres que muchas veces narran historias desgarradoras de amor y desamor.
La Pequecita recuerda que, en su juventud, cuando sus primos salían a tocar serenatas o a trabajar con el sonido familiar, ella quería acompañarlos, aunque casi siempre se lo impedían. El ambiente sonidero, dice, estaba dominado por hombres.
Con el paso del tiempo, el sonido familiar cambió de manos. Tras la muerte de uno de sus tíos, Vicente Villegas, la dinámica se transformó y sus primos quedaron a cargo del equipo. Araceli siguió observando desde lejos, hasta que decidió intentar algo por su cuenta.
Compró una bocina, después un amplificador y más tarde algunas luces. Poco a poco armó su propio equipo, que aún conserva como testigo de su lucha. Para lograrlo, tuvo que sacrificar cosas de la casa: vendió muebles y dejó de comprar artículos básicos para invertir en el sonido.
“Me quedé sin refri, sin comedor, sin estufa… pero tenía audio”, recuerda.
Su primera presentación llegó en 2018, en un evento realizado en un salón sobre la avenida Himno Nacional. Una amiga insistió en que debía presentarse y organizó el evento. Araceli estaba tan nerviosa que, al principio, evitaba voltear hacia la pista.
Cuando finalmente lo hizo, la gente estaba bailando.

Ese momento marcó el inicio de una historia que ya suma más de una década dentro del ambiente sonidero. Con el tiempo adoptó el nombre artístico de Pequecita del Sabor, inspirado en su estatura y en la energía con la que anima cada evento.
Hoy es considerada la primera mujer sonidera de San Luis Potosí, dentro de un gremio históricamente dominado por hombres.
Su proyecto lleva el nombre de Sistema Eclipse, inspirado en su fascinación por el sistema solar. Con ese sonido ha participado en eventos dentro y fuera del estado, representando a San Luis Potosí en ciudades como Pachuca, Puebla, Monterrey, Saltillo, León y la Ciudad de México.
El camino no ha estado libre de obstáculos.
El machismo dentro del ambiente ha sido uno de los principales retos. También ha enfrentado situaciones de riesgo en eventos o durante los traslados con su equipo. En una ocasión, cuenta, un hombre le apuntó con una pistola porque se negó a poner una canción, un episodio que marcó su vida.
Además de su actividad artística, Araceli ha trabajado en distintos oficios a lo largo de su vida. Ha sido comerciante y también albañila, trabajos que, dice, le enseñaron disciplina y esfuerzo.
Su trayectoria también incluye participación en actividades comunitarias. Con frecuencia colabora en eventos con causa y ha participado en presentaciones destinadas a recaudar recursos para tratamientos de niñas y niños con cáncer.
Su proyecto sonidero funciona con apoyo familiar. Su esposo, también sonidero, y un pequeño grupo de DJs la acompañan en los eventos. Entre todos forman lo que llaman una familia sonidera.
En cada presentación, Araceli no solo mezcla música: también anima al público, organiza el desarrollo del evento y mantiene viva la pista de baile. Pero más allá del equipo o la fama, hay algo que la mantiene ahí.

“Llegar a un evento y ver a la gente bailando, riendo y disfrutando la música… eso es lo que llena el corazón”, dice.
Hoy, con más de diez años de trayectoria, Pequecita del Sabor sigue encendiendo bocinas y pistas de baile. No para demostrar que puede hacerlo, sino para abrir camino en un escenario donde, durante mucho tiempo, las tornamesas parecían reservadas solo para los hombres.
Desde su tradicional Barrio de San Juan de Guadalupe, el sonido sonidero resuena hoy para celebrar su historia y este nuevo reconocimiento.